La Banda Trapera del Río

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18,00

Munster

La Banda Trapera del Río

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SKU: MR-SSS 17  |  ,

Edición limitada de 1000 copias.

Surgieron hechos un espumarajo, vomitados en la nada, de la nada. Una ciudad dormitorio de la periferia barcelonesa, Cornellá, depósito de inmigrantes abandonado a su negra suerte. Un país que llevaba cuarenta años en la inopia, España, empujado a espabilar de golpe si no quería perder la órbita capitalista. La Banda Trapera del Río emulsionó por sorpresa en tan confuso concierto con devastadora certidumbre, la puntería precisa. Su especificidad, saber concretar una crítica social a esas dos realidades a las que pertenecía, haciéndolo con espontaneidad, sin otro espejo que su propio reflejo. ”Nadie es nada”, decían, ”nosotros somos todo”. En conciencia expuestos a la militancia obrera, musicalmente ungidos en el hard rock que por entonces bramaba en futbolines y discotecas, la Trapera traía consigo una voluntad propia. Arrogantes, provocativos, insumisos, reportaban credibilidad mitopoética a la plana dimensión del delincuente juvenil de extrarradio, forjando un nuevo arquetipo, el del curriqui: mangui o choricillo que vive del alambre, experto en radiocassettes ajenos. Con costo, Xibeca y desparpajo proletario, sin morderse la lengua, también sin nada que perder, no le daban voz revolucionaria al curriqui, pero sí algo en lo que pensar. La Trapera sólo quería pasarlo lo mejor posible. Si algo deseaba cambiar, era la percepción colectiva de un rock, a sus ojos, apoltronado. Para ello contaron con la revulsiva inmolación escénica de Morfi Grei, las naturalistas letras de Raf Pulido y la infusa guitarra de Tío Modes, sin olvidar el entusiasmo de su apoderado Chiri y los contactos de Carlos Carrero, una de las pocas firmas independientes y receptivas del periodismo local, svengali que entre muchos otros sitios les introdujo en la folklórica Belter, meca de la canción ligera española, la única discográfica que se atrevió con ellos, sin sospechar a lo que se arriesgaba. Producido por Carrero y desencadenante de un pequeño revuelo en ámbitos cavernarios, su primer single, una insólita llamada a la normalización del menstruo, vio la luz en la misma cosecha de 1978 en la que debutaron los madrileños Burning y Ramoncín & WC, artífices del sonido cheli. Claros perdedores de esa tríada a efectos comerciales, los traperos salieron ganando en leyenda. Su primer LP apareció casi un año después de haber sido grabado. Apenas quinientas copias llegaron a las tiendas. Desaparecida al cabo la Banda, legando inédito un segundo álbum, aquel testimonio aislado condensaría todo el misterio que dejaban tras de sí. Salvo su poderío en vivo, la esencia de la Trapera se preserva intacta en una obra insatisfactoria para sus autores, con todo extraordinaria en muchos sentidos. Acelerado contubernio de blues rock, hard rock, progresivo y pre-punk, su eclecticismo todavía sorprende, cartografiando el recorrido de una precoz evolución que fraguaría en sus mejores y más recordadas canciones. Aunque se reunieron años más tarde, nunca volvería a ser la Trapera tan inmediata y universal, ni a disfrutar de un equilibrio entre química y pericia más fecundo. Jaime Gonzalo. Publicado por Vinilísssimo

Surgieron hechos un espumarajo, vomitados en la nada, de la nada. Una ciudad dormitorio de la periferia barcelonesa, Cornellá, depósito de inmigrantes abandonado a su negra suerte. Un país que llevaba cuarenta años en la inopia, España, empujado a espabilar de golpe si no quería perder la órbita capitalista. La Banda Trapera del Río emulsionó por sorpresa en tan confuso concierto con devastadora certidumbre, la puntería precisa. Su especificidad, saber concretar una crítica social a esas dos realidades a las que pertenecía, haciéndolo con espontaneidad, sin otro espejo que su propio reflejo. ''Nadie es nada'', decían, ''nosotros somos todo''. En conciencia expuestos a la militancia obrera, musicalmente ungidos en el hard rock que por entonces bramaba en futbolines y discotecas, la Trapera traía consigo una voluntad propia. Arrogantes, provocativos, insumisos, reportaban credibilidad mitopoética a la plana dimensión del delincuente juvenil de extrarradio, forjando un nuevo arquetipo, el del curriqui: mangui o choricillo que vive del alambre, experto en radiocassettes ajenos. Con costo, Xibeca y desparpajo proletario, sin morderse la lengua, también sin nada que perder, no le daban voz revolucionaria al curriqui, pero sí algo en lo que pensar. La Trapera sólo quería pasarlo lo mejor posible. Si algo deseaba cambiar, era la percepción colectiva de un rock, a sus ojos, apoltronado. (extracto de un texto de Jaime Gonzalo)

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Edición limitada de 1000 copias.

Surgieron hechos un espumarajo, vomitados en la nada, de la nada. Una ciudad dormitorio de la periferia barcelonesa, Cornellá, depósito de inmigrantes abandonado a su negra suerte. Un país que llevaba cuarenta años en la inopia, España, empujado a espabilar de golpe si no quería perder la órbita capitalista. La Banda Trapera del Río emulsionó por sorpresa en tan confuso concierto con devastadora certidumbre, la puntería precisa. Su especificidad, saber concretar una crítica social a esas dos realidades a las que pertenecía, haciéndolo con espontaneidad, sin otro espejo que su propio reflejo. ”Nadie es nada”, decían, ”nosotros somos todo”. En conciencia expuestos a la militancia obrera, musicalmente ungidos en el hard rock que por entonces bramaba en futbolines y discotecas, la Trapera traía consigo una voluntad propia. Arrogantes, provocativos, insumisos, reportaban credibilidad mitopoética a la plana dimensión del delincuente juvenil de extrarradio, forjando un nuevo arquetipo, el del curriqui: mangui o choricillo que vive del alambre, experto en radiocassettes ajenos. Con costo, Xibeca y desparpajo proletario, sin morderse la lengua, también sin nada que perder, no le daban voz revolucionaria al curriqui, pero sí algo en lo que pensar. La Trapera sólo quería pasarlo lo mejor posible. Si algo deseaba cambiar, era la percepción colectiva de un rock, a sus ojos, apoltronado. Para ello contaron con la revulsiva inmolación escénica de Morfi Grei, las naturalistas letras de Raf Pulido y la infusa guitarra de Tío Modes, sin olvidar el entusiasmo de su apoderado Chiri y los contactos de Carlos Carrero, una de las pocas firmas independientes y receptivas del periodismo local, svengali que entre muchos otros sitios les introdujo en la folklórica Belter, meca de la canción ligera española, la única discográfica que se atrevió con ellos, sin sospechar a lo que se arriesgaba. Producido por Carrero y desencadenante de un pequeño revuelo en ámbitos cavernarios, su primer single, una insólita llamada a la normalización del menstruo, vio la luz en la misma cosecha de 1978 en la que debutaron los madrileños Burning y Ramoncín & WC, artífices del sonido cheli. Claros perdedores de esa tríada a efectos comerciales, los traperos salieron ganando en leyenda. Su primer LP apareció casi un año después de haber sido grabado. Apenas quinientas copias llegaron a las tiendas. Desaparecida al cabo la Banda, legando inédito un segundo álbum, aquel testimonio aislado condensaría todo el misterio que dejaban tras de sí. Salvo su poderío en vivo, la esencia de la Trapera se preserva intacta en una obra insatisfactoria para sus autores, con todo extraordinaria en muchos sentidos. Acelerado contubernio de blues rock, hard rock, progresivo y pre-punk, su eclecticismo todavía sorprende, cartografiando el recorrido de una precoz evolución que fraguaría en sus mejores y más recordadas canciones. Aunque se reunieron años más tarde, nunca volvería a ser la Trapera tan inmediata y universal, ni a disfrutar de un equilibrio entre química y pericia más fecundo. Jaime Gonzalo. Publicado por Vinilísssimo

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Surgieron hechos un espumarajo, vomitados en la nada, de la nada. Una ciudad dormitorio de la periferia barcelonesa, Cornellá, depósito de inmigrantes abandonado a su negra suerte. Un país que llevaba cuarenta años en la inopia, España, empujado a espabilar de golpe si no quería perder la órbita capitalista. La Banda Trapera del Río emulsionó por sorpresa en tan confuso concierto con devastadora certidumbre, la puntería precisa. Su especificidad, saber concretar una crítica social a esas dos realidades a las que pertenecía, haciéndolo con espontaneidad, sin otro espejo que su propio reflejo. ”Nadie es nada”, decían, ”nosotros somos todo”. En conciencia expuestos a la militancia obrera, musicalmente ungidos en el hard rock que por entonces bramaba en futbolines y discotecas, la Trapera traía consigo una voluntad propia. Arrogantes, provocativos, insumisos, reportaban credibilidad mitopoética a la plana dimensión del delincuente juvenil de extrarradio, forjando un nuevo arquetipo, el del curriqui: mangui o choricillo que vive del alambre, experto en radiocassettes ajenos. Con costo, Xibeca y desparpajo proletario, sin morderse la lengua, también sin nada que perder, no le daban voz revolucionaria al curriqui, pero sí algo en lo que pensar. La Trapera sólo quería pasarlo lo mejor posible. Si algo deseaba cambiar, era la percepción colectiva de un rock, a sus ojos, apoltronado. Para ello contaron con la revulsiva inmolación escénica de Morfi Grei, las naturalistas letras de Raf Pulido y la infusa guitarra de Tío Modes, sin olvidar el entusiasmo de su apoderado Chiri y los contactos de Carlos Carrero, una de las pocas firmas independientes y receptivas del periodismo local, svengali que entre muchos otros sitios les introdujo en la folklórica Belter, meca de la canción ligera española, la única discográfica que se atrevió con ellos, sin sospechar a lo que se arriesgaba. Producido por Carrero y desencadenante de un pequeño revuelo en ámbitos cavernarios, su primer single, una insólita llamada a la normalización del menstruo, vio la luz en la misma cosecha de 1978 en la que debutaron los madrileños Burning y Ramoncín & WC, artífices del sonido cheli. Claros perdedores de esa tríada a efectos comerciales, los traperos salieron ganando en leyenda. Su primer LP apareció casi un año después de haber sido grabado. Apenas quinientas copias llegaron a las tiendas. Desaparecida al cabo la Banda, legando inédito un segundo álbum, aquel testimonio aislado condensaría todo el misterio que dejaban tras de sí. Salvo su poderío en vivo, la esencia de la Trapera se preserva intacta en una obra insatisfactoria para sus autores, con todo extraordinaria en muchos sentidos. Acelerado contubernio de blues rock, hard rock, progresivo y pre-punk, su eclecticismo todavía sorprende, cartografiando el recorrido de una precoz evolución que fraguaría en sus mejores y más recordadas canciones. Aunque se reunieron años más tarde, nunca volvería a ser la Trapera tan inmediata y universal, ni a disfrutar de un equilibrio entre química y pericia más fecundo. Jaime Gonzalo. Publicado por Vinilísssimo


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Surgieron hechos un espumarajo, vomitados en la nada, de la nada. Una ciudad dormitorio de la periferia barcelonesa, Cornellá, depósito de inmigrantes abandonado a su negra suerte. Un país que llevaba cuarenta años en la inopia, España, empujado a espabilar de golpe si no quería perder la órbita capitalista. La Banda Trapera del Río emulsionó por sorpresa en tan confuso concierto con devastadora certidumbre, la puntería precisa. Su especificidad, saber concretar una crítica social a esas dos realidades a las que pertenecía, haciéndolo con espontaneidad, sin otro espejo que su propio reflejo. ”Nadie es nada”, decían, ”nosotros somos todo”. En conciencia expuestos a la militancia obrera, musicalmente ungidos en el hard rock que por entonces bramaba en futbolines y discotecas, la Trapera traía consigo una voluntad propia. Arrogantes, provocativos, insumisos, reportaban credibilidad mitopoética a la plana dimensión del delincuente juvenil de extrarradio, forjando un nuevo arquetipo, el del curriqui: mangui o choricillo que vive del alambre, experto en radiocassettes ajenos. Con costo, Xibeca y desparpajo proletario, sin morderse la lengua, también sin nada que perder, no le daban voz revolucionaria al curriqui, pero sí algo en lo que pensar. La Trapera sólo quería pasarlo lo mejor posible. Si algo deseaba cambiar, era la percepción colectiva de un rock, a sus ojos, apoltronado. Para ello contaron con la revulsiva inmolación escénica de Morfi Grei, las naturalistas letras de Raf Pulido y la infusa guitarra de Tío Modes, sin olvidar el entusiasmo de su apoderado Chiri y los contactos de Carlos Carrero, una de las pocas firmas independientes y receptivas del periodismo local, svengali que entre muchos otros sitios les introdujo en la folklórica Belter, meca de la canción ligera española, la única discográfica que se atrevió con ellos, sin sospechar a lo que se arriesgaba. Producido por Carrero y desencadenante de un pequeño revuelo en ámbitos cavernarios, su primer single, una insólita llamada a la normalización del menstruo, vio la luz en la misma cosecha de 1978 en la que debutaron los madrileños Burning y Ramoncín & WC, artífices del sonido cheli. Claros perdedores de esa tríada a efectos comerciales, los traperos salieron ganando en leyenda. Su primer LP apareció casi un año después de haber sido grabado. Apenas quinientas copias llegaron a las tiendas. Desaparecida al cabo la Banda, legando inédito un segundo álbum, aquel testimonio aislado condensaría todo el misterio que dejaban tras de sí. Salvo su poderío en vivo, la esencia de la Trapera se preserva intacta en una obra insatisfactoria para sus autores, con todo extraordinaria en muchos sentidos. Acelerado contubernio de blues rock, hard rock, progresivo y pre-punk, su eclecticismo todavía sorprende, cartografiando el recorrido de una precoz evolución que fraguaría en sus mejores y más recordadas canciones. Aunque se reunieron años más tarde, nunca volvería a ser la Trapera tan inmediata y universal, ni a disfrutar de un equilibrio entre química y pericia más fecundo. Jaime Gonzalo. Publicado por Vinilísssimo

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