Catalogo - Flock, Colibri, Oil

Cancer Moon

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Munster

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SKU: MR DG 023  |  , ,

Publicado originalmente por Munster en el año 1992, el segundo álbum de Cancer Moon fue un disco clave y rompedor, lleno de rock hipnótico, que bebía del protopunk, el noise y las bandas surgidas en Seattle a finales de los 80. Remasterizado especialmente para esta edición. Vinilo de 180g en una reproducción idéntica a la carpeta gatefold original.

Retrasado por la insólita desventura con el sello Polar, nos llegaba esta segunda obra de Cancer Moon allá por 1992. La turbia experiencia con su anterior sello aumentó muchos grados los prejuicios del grupo hacia la industria. La burbuja de su intimidad desataba más y más recelos hacia capos, capitostes y cualquiera que quisiera intervenir en la crianza y destino de sus hijos, sus canciones. Y sin embargo nunca censuraron la labor de Kid Pharaon, productor con el que Munster trabajaba habitualmente por entonces. Bien es verdad que el bordelés se limitó a manejar la mesa y a mezclar, siendo los propios Jon Zamarripa y Josetxo Anitua los encargados de una producción rápida y barata en la que sacrificaron la mayor nitidez de su anterior obra en pos de la carnalidad. Esa hipercrudeza sonora recalcó entre la critica la idea de que Cancer Moon fueron los padres del noise español. Pero ellos no eran padres de nada ni nadie, o al menos no eran conscientes de ello. Lo que ocurría era que Zamarripa pertenecía a la estirpe de los guitarristas instintivos y viscerales, más mágico que diestro, educado en el protopunk de mediados de los 70. Creaba una maraña al tocar que en este disco fue más explotada que nunca y que redundó en esa muralla sónica que alguien llamó noise. Volver a escuchar este hiriente artefacto me sorprende sobre todo porque el manoseado y mal utilizado término psicodelia está mucho más presente de lo que yo lo recordaba, mucho más que en su anterior y posterior disco. Incluso yo mismo, que les liaba los porros mientras armaban estas canciones en casa de Jon, no les recuerdo tan descaradamente tripiosos. Y como la memoria traza cabos a veces coherentes, de manera automática he recordado delirantes audiciones nocturnas con Jon y algún otro amigo en que indefectiblemente acabábamos oyendo a Screaming Trees tirados en el suelo, cuando ya nuestros cuerpos eran vencidos por el peso de la madrugada, volviendo a flotar una noche tras otra gracias a su hipnosis rock. Aunque nos gustaba todo el sonido de Seattle y adorábamos a Mudhoney, los favoritos siempre fueron los Trees, a los que vas a reconocer claramente en estas estrías. Y que los dioses me perdonen por atreverme a poner una comparación a lo que fue un grupo único, que incluso en los instantes en que podían sonar algo miméticos generaban siempre un toque de distinción que no era otro que la maravillosa voz de Josetxo, elocuente, persuasiva, en simbiosis total con esas guitarras contorsionistas que protagonizan el vinilo. Cancer Moon, máxime en este momento, estaban a millas por encima y por delante no solo del Getxo sound del que extraían a sus músicos de acompañamiento sino de cualquier otra propuesta llegada de ultramar. Un último consejo para los que os enfrentáis a este trozo de historia por primera vez. «Flock, colibri, oil» tiene un veinte por ciento de canciones duras, difíciles, que reflejan las personalidades nada convencionales de sus creadores. Como ayuda para introducirte en su microcosmos, nada mejor que ponerles cara, para lo cual el magnífico video de la canción «Solution» resulta esclarecedor. Fernando Gegúndez

Cancer Moon fue un grupo de música rock fundado en Bilbao (País Vasco, España) en 1988. Como grupo no se disolvieron oficialmente, pero en 1995 pararon la actividad. El grupo facturó un sonido entre el noise rock y el rock alternativo, que en aquellos años 90 empezaba a eclosionar en España con grupos como Surfin' Bichos, 713avo Amor o The Pantano Boas. Son considerados como uno de los grupos fundadores del noise en España.Cancer Moon manejaban entre sus influencias a grupos como The Velvet Underground, Sonic Youth o Television. Publicaron tres álbumes, cada uno en un sello diferente debido a sus problemas para encontrar una discográfica en la que encajasen: Hunted by the snake (1990), Flock, colibri, oil (1992) y Moor room (1994). Este último fue elegido como mejor disco nacional del año por la revista musical Rockdelux.2 Josetxo Anitua, fundador y compositor del grupo falleció el 22 de abril de 2008 a los 43 años de edad.

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Publicado originalmente por Munster en el año 1992, el segundo álbum de Cancer Moon fue un disco clave y rompedor, lleno de rock hipnótico, que bebía del protopunk, el noise y las bandas surgidas en Seattle a finales de los 80. Remasterizado especialmente para esta edición. Vinilo de 180g en una reproducción idéntica a la carpeta gatefold original.

Retrasado por la insólita desventura con el sello Polar, nos llegaba esta segunda obra de Cancer Moon allá por 1992. La turbia experiencia con su anterior sello aumentó muchos grados los prejuicios del grupo hacia la industria. La burbuja de su intimidad desataba más y más recelos hacia capos, capitostes y cualquiera que quisiera intervenir en la crianza y destino de sus hijos, sus canciones. Y sin embargo nunca censuraron la labor de Kid Pharaon, productor con el que Munster trabajaba habitualmente por entonces. Bien es verdad que el bordelés se limitó a manejar la mesa y a mezclar, siendo los propios Jon Zamarripa y Josetxo Anitua los encargados de una producción rápida y barata en la que sacrificaron la mayor nitidez de su anterior obra en pos de la carnalidad. Esa hipercrudeza sonora recalcó entre la critica la idea de que Cancer Moon fueron los padres del noise español. Pero ellos no eran padres de nada ni nadie, o al menos no eran conscientes de ello. Lo que ocurría era que Zamarripa pertenecía a la estirpe de los guitarristas instintivos y viscerales, más mágico que diestro, educado en el protopunk de mediados de los 70. Creaba una maraña al tocar que en este disco fue más explotada que nunca y que redundó en esa muralla sónica que alguien llamó noise. Volver a escuchar este hiriente artefacto me sorprende sobre todo porque el manoseado y mal utilizado término psicodelia está mucho más presente de lo que yo lo recordaba, mucho más que en su anterior y posterior disco. Incluso yo mismo, que les liaba los porros mientras armaban estas canciones en casa de Jon, no les recuerdo tan descaradamente tripiosos. Y como la memoria traza cabos a veces coherentes, de manera automática he recordado delirantes audiciones nocturnas con Jon y algún otro amigo en que indefectiblemente acabábamos oyendo a Screaming Trees tirados en el suelo, cuando ya nuestros cuerpos eran vencidos por el peso de la madrugada, volviendo a flotar una noche tras otra gracias a su hipnosis rock. Aunque nos gustaba todo el sonido de Seattle y adorábamos a Mudhoney, los favoritos siempre fueron los Trees, a los que vas a reconocer claramente en estas estrías. Y que los dioses me perdonen por atreverme a poner una comparación a lo que fue un grupo único, que incluso en los instantes en que podían sonar algo miméticos generaban siempre un toque de distinción que no era otro que la maravillosa voz de Josetxo, elocuente, persuasiva, en simbiosis total con esas guitarras contorsionistas que protagonizan el vinilo. Cancer Moon, máxime en este momento, estaban a millas por encima y por delante no solo del Getxo sound del que extraían a sus músicos de acompañamiento sino de cualquier otra propuesta llegada de ultramar. Un último consejo para los que os enfrentáis a este trozo de historia por primera vez. «Flock, colibri, oil» tiene un veinte por ciento de canciones duras, difíciles, que reflejan las personalidades nada convencionales de sus creadores. Como ayuda para introducirte en su microcosmos, nada mejor que ponerles cara, para lo cual el magnífico video de la canción «Solution» resulta esclarecedor. Fernando Gegúndez

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Publicado originalmente por Munster en el año 1992, el segundo álbum de Cancer Moon fue un disco clave y rompedor, lleno de rock hipnótico, que bebía del protopunk, el noise y las bandas surgidas en Seattle a finales de los 80. Remasterizado especialmente para esta edición. Vinilo de 180g en una reproducción idéntica a la carpeta gatefold original.

Retrasado por la insólita desventura con el sello Polar, nos llegaba esta segunda obra de Cancer Moon allá por 1992. La turbia experiencia con su anterior sello aumentó muchos grados los prejuicios del grupo hacia la industria. La burbuja de su intimidad desataba más y más recelos hacia capos, capitostes y cualquiera que quisiera intervenir en la crianza y destino de sus hijos, sus canciones. Y sin embargo nunca censuraron la labor de Kid Pharaon, productor con el que Munster trabajaba habitualmente por entonces. Bien es verdad que el bordelés se limitó a manejar la mesa y a mezclar, siendo los propios Jon Zamarripa y Josetxo Anitua los encargados de una producción rápida y barata en la que sacrificaron la mayor nitidez de su anterior obra en pos de la carnalidad. Esa hipercrudeza sonora recalcó entre la critica la idea de que Cancer Moon fueron los padres del noise español. Pero ellos no eran padres de nada ni nadie, o al menos no eran conscientes de ello. Lo que ocurría era que Zamarripa pertenecía a la estirpe de los guitarristas instintivos y viscerales, más mágico que diestro, educado en el protopunk de mediados de los 70. Creaba una maraña al tocar que en este disco fue más explotada que nunca y que redundó en esa muralla sónica que alguien llamó noise. Volver a escuchar este hiriente artefacto me sorprende sobre todo porque el manoseado y mal utilizado término psicodelia está mucho más presente de lo que yo lo recordaba, mucho más que en su anterior y posterior disco. Incluso yo mismo, que les liaba los porros mientras armaban estas canciones en casa de Jon, no les recuerdo tan descaradamente tripiosos. Y como la memoria traza cabos a veces coherentes, de manera automática he recordado delirantes audiciones nocturnas con Jon y algún otro amigo en que indefectiblemente acabábamos oyendo a Screaming Trees tirados en el suelo, cuando ya nuestros cuerpos eran vencidos por el peso de la madrugada, volviendo a flotar una noche tras otra gracias a su hipnosis rock. Aunque nos gustaba todo el sonido de Seattle y adorábamos a Mudhoney, los favoritos siempre fueron los Trees, a los que vas a reconocer claramente en estas estrías. Y que los dioses me perdonen por atreverme a poner una comparación a lo que fue un grupo único, que incluso en los instantes en que podían sonar algo miméticos generaban siempre un toque de distinción que no era otro que la maravillosa voz de Josetxo, elocuente, persuasiva, en simbiosis total con esas guitarras contorsionistas que protagonizan el vinilo. Cancer Moon, máxime en este momento, estaban a millas por encima y por delante no solo del Getxo sound del que extraían a sus músicos de acompañamiento sino de cualquier otra propuesta llegada de ultramar. Un último consejo para los que os enfrentáis a este trozo de historia por primera vez. «Flock, colibri, oil» tiene un veinte por ciento de canciones duras, difíciles, que reflejan las personalidades nada convencionales de sus creadores. Como ayuda para introducirte en su microcosmos, nada mejor que ponerles cara, para lo cual el magnífico video de la canción «Solution» resulta esclarecedor. Fernando Gegúndez

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Retrasado por la insólita desventura con el sello Polar, nos llegaba esta segunda obra de Cancer Moon allá por 1992. La turbia experiencia con su anterior sello aumentó muchos grados los prejuicios del grupo hacia la industria. La burbuja de su intimidad desataba más y más recelos hacia capos, capitostes y cualquiera que quisiera intervenir en la crianza y destino de sus hijos, sus canciones. Y sin embargo nunca censuraron la labor de Kid Pharaon, productor con el que Munster trabajaba habitualmente por entonces. Bien es verdad que el bordelés se limitó a manejar la mesa y a mezclar, siendo los propios Jon Zamarripa y Josetxo Anitua los encargados de una producción rápida y barata en la que sacrificaron la mayor nitidez de su anterior obra en pos de la carnalidad. Esa hipercrudeza sonora recalcó entre la critica la idea de que Cancer Moon fueron los padres del noise español. Pero ellos no eran padres de nada ni nadie, o al menos no eran conscientes de ello. Lo que ocurría era que Zamarripa pertenecía a la estirpe de los guitarristas instintivos y viscerales, más mágico que diestro, educado en el protopunk de mediados de los 70. Creaba una maraña al tocar que en este disco fue más explotada que nunca y que redundó en esa muralla sónica que alguien llamó noise. Volver a escuchar este hiriente artefacto me sorprende sobre todo porque el manoseado y mal utilizado término psicodelia está mucho más presente de lo que yo lo recordaba, mucho más que en su anterior y posterior disco. Incluso yo mismo, que les liaba los porros mientras armaban estas canciones en casa de Jon, no les recuerdo tan descaradamente tripiosos. Y como la memoria traza cabos a veces coherentes, de manera automática he recordado delirantes audiciones nocturnas con Jon y algún otro amigo en que indefectiblemente acabábamos oyendo a Screaming Trees tirados en el suelo, cuando ya nuestros cuerpos eran vencidos por el peso de la madrugada, volviendo a flotar una noche tras otra gracias a su hipnosis rock. Aunque nos gustaba todo el sonido de Seattle y adorábamos a Mudhoney, los favoritos siempre fueron los Trees, a los que vas a reconocer claramente en estas estrías. Y que los dioses me perdonen por atreverme a poner una comparación a lo que fue un grupo único, que incluso en los instantes en que podían sonar algo miméticos generaban siempre un toque de distinción que no era otro que la maravillosa voz de Josetxo, elocuente, persuasiva, en simbiosis total con esas guitarras contorsionistas que protagonizan el vinilo. Cancer Moon, máxime en este momento, estaban a millas por encima y por delante no solo del Getxo sound del que extraían a sus músicos de acompañamiento sino de cualquier otra propuesta llegada de ultramar. Un último consejo para los que os enfrentáis a este trozo de historia por primera vez. «Flock, colibri, oil» tiene un veinte por ciento de canciones duras, difíciles, que reflejan las personalidades nada convencionales de sus creadores. Como ayuda para introducirte en su microcosmos, nada mejor que ponerles cara, para lo cual el magnífico video de la canción «Solution» resulta esclarecedor. Fernando Gegúndez

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